Celosa. Me dijiste celosa mientras mis manos corrían temblorosas sobre el teclado, adentrándome en la oscuridad de tus redes. Descubrí que no era yo la única que disfrutaba de tu compañía. A gritos —según tú, como una loca que necesitaba ayuda— te dije que me eras infiel. Lo negaste una, dos, tres veces. “Busca ayuda, ve a la iglesia”, me repetías. “La mexicana solo es una amiga.” Meses después de que terminaste conmigo, allí estaba la foto de tu consolidación de amor: tu matrimonio con ella.
Celosa. Me llamaste celosa aquella noche en la barra frente al mar Caribe cuando nos encontramos con ella. Una mujer de contextura grande que casi me entierra en la arena. Logré escapar contigo, pero tu corazón se quedó con ella. Días más tarde supe que era tu ex, esa con la que todavía mantenías una relación.
Celosa. Me gritaste celosa cuando me comparabas con otras mujeres. Cuando querías que habitara cuerpos que no eran míos. Cuando me decías que me cuidarías después de operarme para parecerme a esas curvas perfectas. Más tarde confirmé que esa era tu estrategia, volvernos locas a todas, despojarnos de autoestima.
Celosa porque mi piel fue desierto para ti,
y en sus cuerpos encontraste oasis.
Celosa porque mis noches quedaron en silencio,
mientras tus manos se incendiaban con ellas.
Celosa porque mis besos se marchitaban en tu boca,
y a sus labios les diste vida.
Celosa porque conmigo inventaste excusas,
y con tu ex construiste futuro.
Celosa y loca. Celosa y loca.
Un conjuro que me persigue, despojándome de calma.
MTG 30/8
Comentarios
Publicar un comentario