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Ansiedad
Hace diez minutos debió estar aquí
y yo vigilo el mapa de la aplicación
como si en esa pantalla
se jugara mi destino.
El mofongo está perdido,
y con él mi calma.
¿Escribo un mensaje?
No, pienso.
¿Por qué no llama?
¿Se robará mi comida?
¿La dejará huérfana
en algún rincón sin nombre?
¿Le habrá puesto veneno
para que muera mi hambre y no yo?
Me siento.
Respiro.
Me quito los zapatos
y dejo que mis pies encuentren
el suelo frío, húmedo,
de una tarde lluviosa en la isla.
La psicóloga me dijo que esto ayuda,
pero mi pecho sigue siendo tambor
de guerra y ansiedad.
Reviso la aplicación nuevamente.
¿Habré escrito mal la dirección?
Me culpo. Me hiero.
Todo lo hago mal.
¿A quién se le ocurre pedir comida
si vivo en un monte
tan lejos de la civilización?
Rin-rrrin, rrriiinnn.
Suena el teléfono.
Es el repartidor.
No vino él, envió a su hijo.
También está perdido.
Y así quedamos los dos,
él en alguna carretera sin señal;
yo, en este cuerpo sin control.
Ambos extraviados,
siguiendo un punto en un mapa
que nunca nos encuentra.
¡El hambre se me congela,
así como las emociones!
Que llegue cuando pueda…
ya no importa.
MTG
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