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923
Una tarde lluviosa en Guayabo, Puerto Rico. Una pareja de amantes cuarentones sostiene una discusión acalorada.
—María, estoy esperando un hijo. Me has embarazado —dijo muy molesto, derramando lágrimas de rabia que cortaban como espadas.
—José, tranquilo. Existen opciones, como el aborto. Aunque ahora que lo pienso, en tu caso no habrá otro remedio que tenerlo. Recuerda que, como senador, votaste a favor del PS 923, ese proyecto que defendía al “bebé no nacido” y limitaba el derecho a decidir de las mujeres.
—Sí, pero es distinto —respondió él, secándose el rostro con el dorso de la mano, evitando mirarla—. Yo soy un hombre. Mi cuerpo no fue pensado para cargar con esto, es un error. Yo tengo una carrera política, un nombre, una vida pública. A mí nadie me puede obligar a ser padre así, de esta manera.
Caminó de un lado a otro, como si la mansión se hubiera vuelto estrecha ante la noticia.
—Las mujeres siempre han podido con eso —añadió—. Ustedes nacen sabiendo. Pero yo… yo tengo derechos. No puedo detener mi vida por algo que ni siquiera pedí.
—Lo hubieras pensado antes —respondió María—. Pudiste cuidarte; para eso existen los métodos anticonceptivos. Nadie te obligó a nada. Tenías la opción de anotar los días en que estabas ovulando. Nadie te forzó a cruzar ese límite ni a convertir tu deseo sexual en lo que hoy llamas un error.
La lluvia se intensificaba. Las gotas chocaban con fuerza contra los ventanales de cristal.
José se sintió acorralado. No sabía qué decir ni qué hacer.
—Deja de llorar —dijo María—. Yo te saco una cita hoy para que te practiquen un aborto. No voy a tener un hijo con alguien que exige responsabilidad a otros cuerpos, pero se niega a asumir la suya. Agradece que ese proyecto que tanto defendiste no llegó a convertirse en ley.
MTG 31/1
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