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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Julia

Buscar empleo, enviar resumé, pasar por procesos de entrevista… repetir todo una y otra vez. Escuchar frases como “la consideraremos, excelente entrevista, impresionante currículo de vida”… y sentir que esas palabras me recuerdan a Santos-Febres, a su escritora, a Julia de Burgos subiendo y bajando la colina entre la ciudad y los suburbios, como si nuestras vidas también fueran ese tránsito constante. 

La política, la radio, la educación y la literatura se mezclan en nosotras, así como en los pasillos de la UPI, todavía llenos de esperanza e ilusión por un porvenir que prometieron y aún no llega.

El amor: buscarlo, encontrarlo, perderlo. Convivir para luego dejar de vivir. Aislarnos para no rompernos más.

¿Será que tenemos más en común de lo que imaginamos las escritoras nacidas en el Caribe?

¿O que casi todas las mujeres isleñas cargamos el mismo calor en las venas, ese deseo incontrolable de cambiarlo todo, de conquistar el mundo aunque nos hayan dicho que no es para nosotras?

O quizás sea que nosotras, las que escribimos, tenemos la capacidad —o la condena— de apalabrar lo que sentimos. De convertir las emociones en verso, en confesión, en herida abierta sobre la página.

No nos quedamos calladas: gritamos al viento aunque nadie escuche; estallamos en burbujas dentro del mar, dejando salir lo que llevamos dentro antes de que nos ahogue. Escribimos porque es la única manera de que el silencio no nos trague. Porque al nombrar lo que nos duele, lo que amamos, lo que tememos, también nos salvamos un poco.

Abrimos el pote de pastillas. Lo cerramos. Le damos otra oportunidad a la respiración inconsciente.

Nos embriagamos: a veces por deleite, a veces por olvido.

Los aplausos, los reconocimientos… duran tan poco. Quedan como un breve eco, un recuerdo que no paga la renta ni sostiene la cuerpa cansada.

Y mientras tanto, leo a la otra Julia, y sigo buscando algo que me sostenga económicamente, porque al parecer la experiencia, la gloria pasada, los estudios y los resumé no bastan para prosperar. No ahora. No aquí.

Pero sigo escribiendo, sigo leyendo, porque quizá sea la escritura lo único que todavía me sostiene sin pedirme nada a cambio.

MTG 13/11





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