Ataque de pánico inminente.
Una sirena lejana irrumpe como un estruendo indetenible, imparable,
insostenible.
Mientras la gasolina fluye, constante, por la bomba, mis manos comienzan a
temblar.
Suelto la bomba con esfuerzo.
Intento mantener la calma.
Abro la puerta del vehículo.
Con una voz que ni reconozco —grave, temblorosa, tenebrosa— le pregunto a mi
hijo:
—¿Estás bien?
Observo su cara sorprendida.
¿Será por la mía… o porque no escuchaba nada?
Él estaba absorto, feliz, sumergido en su mundo de dinosaurios.
Jugaba tranquilo en su propio Jurassic Park, mientras a mí la ansiedad
me devoraba por dentro.
Corrí.
Atrapada en mi miedo, dejé la bomba de
gasolina tirada.
Aún quedaban cinco dólares por llenar, pero ya no podía más.
Con esfuerzo, me monté en el carro, cerré la puerta y comencé a conducir.
Mientras manejaba, sentía que me ahogaba.
En mi mente, el agua comenzaba a subir: primero los tobillos, luego las
piernas…
Y así, lentamente, me iba absorbiendo.
Inundándome desde dentro.
¿Y si era la alarma del tsunami?
Mi cuerpo no lo pensó, solo reaccionó: quería salvarse.
Huí tan rápido como pude.
En vez de doblar a la derecha —el camino de siempre, el que llevaba a casa—
doblé a la izquierda.
Necesitaba estar lejos del mar, lejos de la amenaza invisible.
Conduje hacia lo alto, hacia donde el mar ya no me alcanzara, hacia donde el
cielo se abría sin límites.
Y allí, al mirar el cielo, algo dentro de mí se apaciguó.
El azul me abrazó, me calmó, me recordó quién soy.
Me conecté con mi esencia, con mi poder, con mi energía suprema.
Con la diosa que habita en mí.
Pero el miedo no se iba.
Corrí por más de veinte minutos, y aún así, seguía aferrado.
Mi hijo estaba ahí. Cerca.
En su silla, en la parte de atrás, respirando su propia paz.
Consciente de su presencia, decidí bajar la velocidad.
Guié más lento, más suave, hasta que me estacioné a la orilla de un campo en la
montaña, lleno de flores de colores.
Me bajé.
Respiré profundo.
Escuché a las aves cantar.
Me quité los zapatos.
Caminé.
Y allí, entre la tierra, el cielo y el canto, nos volvimos a encontrar:
yo… conmigo.
MTG 9/9
Comentarios
Publicar un comentario