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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Autoprotección

Tengo una peluca para cada estado de ánimo, como si mi identidad dependiera de un disfraz.
La rubia me presta la sensualidad que esperan de mí.
La pelinegra me concede la autoridad de quien aparenta sabiduría.
La colora me viste de fuego, de atrevimiento, de desafío.
La rizada, la más cercana a mí, la reservo para los días de lucha,
cuando me siento activista, guerrera, capaz de alzar la voz por otros.

Soy camaleónica porque aprendí que, si no me adapto, me abandonan.
Moldeo mis gestos, mi risa, mis palabras,
como quien cambia de escenario temiendo que la luz no la enfoque.
Quiero ser suficiente para todos, aunque eso signifique desaparecer en mí.

Pero al caer la noche, cuando el silencio me devuelve a mi cuerpo,
las pelucas reposan en su estante como testigos mudos.
Y ahí, frente al espejo, me descubro:
una mujer bajita, de rizos rebeldes que no siempre saben domarse,
de peso medio, de mirada intensa pero cansada,
con un trastorno de personalidad que me arrebata el control.

Entonces ya no soy sexy, ni brillante, ni atrevida.
Soy solo yo: imperfecta, vulnerable, humana.
Y aunque quisiera creer que eso basta,
mi reflejo me susurra el temor más hondo,
que sin mis máscaras, sin mis disfraces, sin mis personajes, nadie me amará.

Por eso, he decidido cerrar la puerta de mis aposentos.
Que nadie cruce el umbral donde habita mi fragilidad.
Que ninguna mirada invada la penumbra en que me resguardo.

He decidido que no habrá testigos de mis lágrimas,
ni jueces de mis cicatrices,
ni verdugos de mis ansiedades.
Silenciaré mi voz en el eco de “nosotros”
para que no exista daño irreversible.
Solo mis letras y yo seremos testigos
de mi estado de ánimo hoy.

MTG

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